El niño que guardaba colores en los bolsillos
Dicen que cada persona nace con un pequeño pintor dentro. Un niño que habla el lenguaje de los colores y que entiende el mundo con una mezcla de asombro, valentía y un poquito de magia.A ese niño, el mundo lo conoce sólo cuando lo dejamos salir… pero él nunca se va.
Había una vez un niño así, viviendo dentro de un adulto que había aprendido a caminar deprisa, a hablar en serio y a mirar sin detenerse.Pero el niño interior tenía sus propios secretos: guardaba colores en los bolsillos.
En el bolsillo derecho llevaba el amarillo, el de la risa que estalla sin permiso. Era el color de las mañanas luminosas y de los sueños que todavía creen que sí, que es posible.
En el bolsillo izquierdo llevaba el azul, el de las preguntas profundas. A veces lo usaba para pintar silencio, y otras para recordar que la tristeza también hace crecer.
En un bolsillo escondido, casi invisible, llevaba el rojo, cálido, terco, vivo. El rojo que late. El que te recuerda que aún hay fuego, que aún hay ganas, que aún hay vida por estrenar.
Y en los puños de la camisa, en esas costuras que casi nadie ve, el niño guardaba verde, violeta, naranja… todos los colores que se inventan cuando uno decide volver a sentir.
Un día, cansado de tanta prisa y de tantos “luego”, el adulto se detuvo.No sabía por qué; sólo sintió un tirón suave, casi un susurro.
Era el niño, que desde adentro murmuraba:—¿Te acuerdas de cuando pintabas sin miedo a salirte de la línea?
Y entonces pasó algo sencillo… y enorme.El adulto metió la mano en uno de sus bolsillos imaginarios y tocó el amarillo.Sintió un calorcito. Una chispa.Después tocó el azul. Y algo se abrió por dentro.
Y así, color tras color, empezó a recordar que la vida no sólo se vive:también se dibuja.
Desde ese día, cada vez que toma una hoja, que mira un muro en blanco o un paisaje quieto, el adulto deja que el niño salga por un momento.Él es quien elige el trazo.Él es quien devuelve la emoción.Él es quien recuerda que el arte no busca perfección, sino presencia.
Porque al final, “Colores sobre papel” no es sólo una colección de cuadros:es el mapa de regreso al niño que siempre estuvo ahí, esperando el momento justo para volver a iluminarlo todo.

